jueves, 17 de diciembre de 2015

Civilización y barbarie

Un largo camino de la oposición entre civilización y barbarie
Rafael Gutiérrez
La literatura argentina está marcada por la oposición civilización / barbarie, aunque enunciada por Sarmiento en el título de su ya clásico e insoslayable libro Facundo, era la síntesis de una forma de entender América desde que iluminismo se proyectó sobre las colonias europeas.
Dado que el iluminismo es un pensamiento deudor del neoclasicismo, para su formulación se retomaron esquemas elaborados durante el desarrollo de la cultura grecorromana en Europa. El Imperio romano incorporó la cultura griega y con ella la idea de que los que no compartían su cultura eran bárbaros. El término remite específicamente al campo de la lengua, pues “bárbaro” quiere decir balbuceante, pues los griegos reconocían a los ajenos a su cultura como defectuosos, incapaces de expresarse en una verdadera lengua. Sucede que la expresión verbal en la interacción interpersonal funciona como signo de pertenencia a determinada comunidad y su diferencia puede ser factor de discriminación y hasta de estigmatización.
La carga negativa que adquirió el término “bárbaro” aconteció con la crisis del Imperio Romano que expandió su cultura sobre las naciones conquistadas, por la que todos se reconocían como miembros de un orden que se encontraba amenazado por los que estaban más allá de sus fronteras. Sucede que quienes se encontraban más allá de los límites del Imperio, conocían de su cultura y aspiraban a participar de algunas de sus prácticas y costumbres. De modo que las naciones de allende las fronteras tuvieron un fluido intercambio que progresivamente se fue incrementando  hasta que los exteriores se fueron instalando en la sociedad imperial, en principio en tareas que los “romanos” (en el sentido más amplio del término) preferían no realizar, incluido el servicio militar.
El Imperio Romano, en su última etapa, había convertido al cristianismo en su religión oficial, de modo que la incorporó como marca distintiva de su cultura en oposición a las prácticas religiosas de las naciones externas al Imperio.
Cuando el orden imperial colapsó, las naciones denominadas bárbaras penetraron las ciudades romanas en busca de los bienes de los que tenían noticias por quienes habían entrado y salido de sus fronteras.
Estamos acostumbrados a la versión esquemática en la que los bárbaros sólo buscan saquear y arrasar las ciudades romanas, sin embargo, y sin negar las confrontaciones violentas, los invasores buscaban participar de los bienes de esa cultura en crisis. Hay naciones enteras que terminaron por asentarse en los fragmentos del Imperio y entre sus prácticas culturales, las aspiraciones que tenían y los restos de la cultura romana en crisis, se formaron otras, con nuevos rasgos, cada una con su particularidad según su lugar y circunstancias de desarrollo. Fue el principio de las diversas naciones europeas en la Edad Media.
Esa paradoja, producida por la penetración de los bárbaros que apreciaban el mundo al que buscan más conquistar que destruir, está textualizado de cierto modo en “Historia del guerrero y la cautiva” El Aleph (1949) de Jorge Luis Borges.
Cuando los románticos argentinos retomaron la oposición civilización / barbarie ponderaron la cultura europea a la que aspiraban como ideal de desarrollo, en oposición a la cultura latinoamericana, marcada por rasgos rurales y feudales, representada por los caudillos que ostentaban un poder personalista a diferencia del orden republicano al que la Generación de Mayo anhelaba como ideal político.
Tal como lo interpreta Elsa Drucaroff a partir del relevamiento de un corpus literario producido por la generación post-dictadura, encuentra que el esquema de pares opuestos “civilización / barbarie” para interpretar la Argentina, ha caducado porque hacia el siglo XXI las nuevas generaciones reconocen la imposibilidad de mantener un esquema de pares excluyentes.
Sucede que las ciudades como representantes de una incipiente cultura europea –o sea la civilización- estuvieron siempre penetradas de la otra cultura, aquella forjada en el ámbito rural y uno de cuyos signos distintivos es el lenguaje.
Al principio de la literatura argentina están ambos lenguajes, surgidos en el mismo espacio, pues en el mismo momento en el que  la expresión se realiza por autores letrados según los cánones neoclásicos, es que van a remedar la expresión rural: “Canta un guaso en estilo campestre los triunfos del Excelentísimo Señor Don Pedro de Cevallos” (1777).
 En Facundo (1845), Sarmiento se esfuerza en mostrar lo excluyente y opositivo de la cultura rural y la cultura urbana, la primera con aspiraciones de europeísmo y la segunda como expresión de un americanismo bastardo y despreciable. Sin embargo, la vitalidad del segundo sobre el primero gana la escritura y termina por mostrar cómo ha constituido América una forma de entender la forma de gobierno republicano (Myers, 1995).
Lucio V. Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles (1870) realiza un trabajo de campo por el que busca una asimilación entre la cultura occidental y cristiana, a la que él representa, con la cultura ranquel a la que incursiona. Con un arduo trabajo antropológico apela a su conocimiento del mundo europeo para equiparar las prácticas culturales de los ranqueles con las europeas con la intención de que la asimilación entre las dos culturas en pugna en el mismo territorio lleguen a un acuerdo.
José Hernández en El gaucho Martín Fierro (1872) parte de la misma paradoja con la que se funda la literatura argentina, porque es un escritor letrado que remeda las expresiones rurales para plantear un problema sobre el que se asienta la definición de quienes serán considerados ciudadanos en un país que aspira a ser considerado dentro del orden dirigido por los países europeos centrales. En las lecturas que se realizaron durante las siguientes dos décadas estigmatizaron el libro por su adscripción lingüística a la palabra del “otro”, el bárbaro, el gaucho.
La asimilación definitiva del gaucho a la construcción de una identidad argentina se textualiza en Don Segundo Sombra (1926), y a esa aceptación de la cultura contribuye el empleo de un lenguaje que no se percibe como un “balbuceo” o deformación de la “lengua correcta” sino como un exquisito artificio verbal. Por esa exitosa novela es que los argentinos sienten que su identidad es la de gauchos, aunque nunca hayan montado un caballo o trenzado un lazo.
Es en esas primeras décadas del siglo XX en la que los nuevos balbuceantes de la lengua hacen su aparición como una amenaza ante la cultura que trata de tomar una forma distinta de Europa, pero también diferenciada del mundo rural feudalizado al que se confrontó durante el siglo XIX.
Los inmigrantes europeos trajeron lenguas y acentos diferentes que fueron percibidos por los locales como bárbaros, pues eran portadores de otras costumbres. La política educativa propiciada por las leyes de escolarización y servicio militar obligatorio pronto asimilaron a la nueva generación, los hijos de los recién llegados,  que pronto se sintieron parte integrante del nuevo país con aspiraciones de europeizarse.
Hacia la cuarta década del siglo XX, Buenos Aires había asumido una identidad de ciudad europeizante habitada por criollos –europeos nacidos fuera del continente- herederos de una tradición gaucha, pero percibieron una nueva invasión de otros bárbaros, esta vez provenientes de una América mestiza e indígena de la que pretendían diferenciarse.
Hasta fines del siglo XX, aún en el discurso de los políticos hay reclamos por una pureza criolla que se ve amenazada por una cultura más latinoamericana. Es la amenaza que sienten ante los migrantes internos que de las provincias fluyen hacia la Capital en busca de La ciudad de los sueños (1983). A pesar de todas las crisis que sobrevinieron Buenos Aires sigue siendo un destino buscado como posibilidad de una vida mejor tanto para los habitantes del interior como para quienes vienen de los países limítrofes y se instalan en una creciente periferia de la ciudad en la que se mezclan cultura, acentos, tonadas, dialectos y lengua diferentes.
De modo similar a aquellos pueblos ubicados en las fronteras del Imperio Romano que aspiraban a su bienestar, los nuevos migrantes invaden la gran ciudad más con ánimos de participar de sus beneficios que de saquearla o destruirla.