sábado, 16 de septiembre de 2017

EL PODER EN EL LENGUAJE, EN LA LITERATURA Y EN LA CULTURA ITALIANA

Buena noticia para ADILLI
La Editorial de la U.N.Sa. participó en la primera Feria Internacional del Libro Universitario desde el 22 hasta el 27 de agosto. El “Libro Universitario Argentino” estuvo presente en FILUNI, la primer Feria Internacional del Libro Universitario de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), que se desarrolló en su Centro de Exposiciones y Congresos en la Ciudad de México.
La REUN, Red de Editoriales de las Universidades Nacionales de la Argentina, junto con EUDEBA, representó al Libro Universitario Argentino en el stand B11, ofreciendo más de 1200 títulos, entre los cuales se encuentran presentes los siguientes libros de EUNSa (Editorial Universidad Nacional de Salta):
La Represión en Salta 1970 – 1983. Testimonios y documentos. Autores: Lucrecia Barquet y Raquel Adet.
La Industria Azucarera en Salta. Agronegocio concentración económica e impacto ambiental. Autores: Dr. Cesar Gabriel Moreno y Toribio Serrano.
EL PODER EN EL LENGUAJE, EN LA LITERATURA Y EN LA CULTURA ITALIANA. Comp.: Fulvia Lisi y Rafael Gutiérrez
Además, FILUNI contó con las principales editoriales universitarias de México, Colombia, Perú y Chile, editoriales privadas y redes de editores universitarios como Altexto de México, ASEUC de Colombia, AAUP de Estados Unidos y UNE de España.

jueves, 26 de enero de 2017

Kenpo en Salta

ESCUELA DE BYAKUREN KENPO en Salta
Entrenamos todo el año
Santiago del Estero 676: Lunes - miércoles - viernes de 22 a 23 hs.
Buenos Aires 749: Martes y jueves de 21 a 22 hs.

lunes, 16 de enero de 2017

Historia de Rosendo Juárez

Jorge Luis Borges
(1899–1986)


Historia de Rosendo Juárez
(El informe de Brodie, 1970)



         Serían las once de la noche, yo había entrado en el almacén, que ahora es un bar, en Bolívar y Venezuela. Desde un rincón el hombre me chistó. Algo de autoritario habría en él, porque le hice caso en seguida. Estaba sentado ante una de las mesitas; sentí de un modo inexplicable que hacía mucho tiempo que no se había movido de ahí, ante su copita vacía. No era ni bajo ni alto; parecía un artesano decente, quizá un antiguo hombre de campo. El bigote ralo era gris. Aprensivo a la manera de los porteños, no se había quitado la chalina. Me invitó a que tomara algo con él. Me senté y charlamos. Todo esto sucedió hacia mil novecientos treinta y tantos.
          El hombre me dijo:
          —Usted no me conoce más que de mentas, pero usted me es conocido, señor. Soy Rosendo Juárez. El finado Paredes le habrá hablado de mí. El viejo tenía sus cosas; le gustaba mentir, no para engañar, sino para divertir a la gente. Ahora que no tenemos nada que hacer, le voy a contar lo que de veras ocurrió aquella noche. La noche que lo mataron al Corralero. Usted, señor, ha puesto el sucedido en una novela, que yo no estoy capacitado para apreciar, pero quiero que sepa la verdad sobre esos infundios.
          Hizo una pausa como para ir juntando los recuerdos y prosiguió:
          —A uno le suceden las cosas y uno las va entendiendo con los años. Lo que me pasó aquella noche venía de lejos. Yo me crié en el barrio del Maldonado, más allá de Floresta. Era un zanjón de mala muerte, que por suerte ya lo entubaron. Yo siempre he sido de opinión que nadie es quién para detener la marcha del progreso. En fin, cada uno nace donde puede. Nunca se me ocurrió averiguar el nombre del padre que me hizo. Clementina Juárez, mi madre, era una mujer muy decente que se ganaba el pan con la plancha. Para mí, era entrerriana u oriental; sea lo que sea, sabía hablar de sus allegados en Concepción del Uruguay. Me crié como los yuyos. Aprendí a vistear con los otros, con un palo tiznado. Todavía no nos había ganado el fútbol, que era cosa de los ingleses.
          En el almacén, una noche me empezó a buscar un mozo Garmendia. Yo me hice el sordo, pero el otro, que estaba tomado, insistió. Salimos; ya desde la vereda, medio abrió la puerta del almacén y dijo a la gente:
          —Pierdan cuidado, que ya vuelvo en seguida.
          Yo me había agenciado un cuchillo; tomamos para el lado del Arroyo, despacio, vigilándonos. Me llevaba unos años; había visteado muchas veces conmigo y yo sentí que iba a achurarme. Yo iba por la derecha del callejón y él iba por la izquierda. Tropezó contra unos cascotes. Fue tropezar Garmendia y fue venírmele yo encima, casi sin haberlo pensado. Le abrí la cara de un puntazo, nos trabamos, hubo un momento en el que pudo pasar cualquier cosa al fin le di una puñalada, que fue la última. Sólo después sentí que él también me había herido, unas raspaduras. Esa noche aprendí que no es difícil matar a un hombre o que lo maten a uno. El arroyo es taba muy bajo; para ir ganando tiempo, al finado medio lo disimulé atrás de un horno de ladrillos. De puro atolondrado le refalé el anillo que él sabía llevar con un zarzo. Me lo puse, me acomodé el chambergo y volví al almacén. Entré sin apuro y le dije:
          —Parece que el que ha vuelto soy yo.
          Pedí una caña y es verdad que la precisaba. Fue entonces que alguien me avisó de la mancha de sangre.
          Aquella noche me la pasé dando vueltas y vueltas en el catre; no me dormí hasta el alba. A la oración pasaron a buscarme dos vigilantes. Mi madre, pobre la finada, ponía el grito en el cielo. Arriaron conmigo, como si yo fuera un criminal. Dos días y dos noches tuve que aguantarme en el calabozo. Nadie fue a verme, fuera de Luis Irala, un amigo de veras, que le negaron el permiso. Una mañana el comisario me mandó a buscar. Estaba acomodado en la silla; ni me miró y me dijo:
          —¿Así es que vos te lo despachaste a Garmendia?
          —Si usted lo dice —contesté.
          —A mí se me dice señor. Nada de agachadas ni de evasivas. Aquí están las declaraciones de los testigos y el anillo que fue hallado en tu casa. Firmá la confesión de una vez.
          Mojó la pluma en el tintero y me la alcanzó.
          —Déjeme pensar, señor comisario —atiné a responder.
          —Te doy veinticuatro horas para que lo pensés bien, en el calabozo. No te voy a apurar. Si no querés entrar en razón, ite haciendo a la idea de un descansito en la calle Las Heras.
          Como es de imaginarse, yo no entendí.
          —Si te avenís, te quedas unos días nomás, después te saco y ya don Nicolás Paredes me a asegurado que te va a arreglar el asunto.
          Los días fueron días. A las cansadas se acordaron de mí. Firmé lo que querían y uno de los dos vigilantes me acompañó a la calle Cabrera.
          Atados al palenque había caballos y en el zaguán y adentro más gente que en el quilombo. Parecía un comité. Don Nicolás, que estaba mateando, al fin me atendió. Sin mayor apuro me dijo que me iba a mandar a Morón, donde estaban preparando las elecciones. Me recomendó al señor Laferrer, que me probaría. La carta se la escribió un mocito de negro, que componía versos, a lo que oí, sobre conventillos y mugre, asuntos que no son del interés del público ilustrado. Le agradecí el favor y salí. A la vuelta ya no se me pegó el vigilante.
          Todo había sido para bien; la Providencia sabe lo que hace. La muerte de Garmendia, que al principio me había resultado un disgusto, ahora me abría un camino. Claro que la autoridad me tenía en un puño. Si yo no le servía al partido, me mandaban adentro, pero yo estaba envalentonado y me tenía fe.
          El señor Laferrer me previno que con él yo iba a tener que andar derechito y que podía llegar a guardaespaldas. Mi actuación fue la que se esperaba de mí. En Morón y luego en el barrio, merecí la confianza de mis jefes. La policía y el partido me fueron criando fama de guapo; fui un elemento electoral de valía en atrios de la capital y de la provincia. Las elecciones eran bravas entonces; no fatigaré su atención, señor, con uno que otro hecho de sangre. Nunca los pude ver a los radicales, que seguían viviendo prendidos a las barbas de Alem. o había un alma que no me respetara. Me agencié una mujer, la Lujanera, y un alazán colorado de linda pinta. Durante años me hice el Moreira, que a lo mejor se habrá hecho en su tiempo algún otro gaucho de circo. Me di a los naipes y al ajenjo.
          Los viejos hablamos y hablamos, pero ya me estoy acercando a lo que le quiero contar. No sé si ya se lo menté a Luis Irala. Un amigo como no hay muchos. Era un hombre ya entrado en años, que nunca le había hecho asco al trabajo, y me había tomado cariño. En la vida había puesto los pies en el comité. Vivía de su oficio de carpintero. No se metía con nadie ni hubiera permitido que nadie se metiera con él. Una mañana vino a verme y me dijo:
          —Ya te habrán venido con la historia de que me dejó la Casilda. El que me la quitó es Rufino Aguilera.
          Con ese sujeto yo había tenido trato en Morón. Le contesté:
          —Sí, lo conozco. Es el menos inmundicia de los Aguilera.
          —Inmundicia o no, ahora tendrá que habérselas conmigo.
          Me quedé pensando y le dije:
          —Nadie le quita nada a nadie. Si la Casilda te ha dejado, es porque lo quiere a Rufino y vos no le importás.
          —y la gente, ¿qué va a decir? ¿Que soy un cobarde?
          —Mi consejo es que no te metás en historias por lo que la gente pueda decir y por una mujer que ya no te quiere.
          —Ella me tiene sin cuidado. Un hombre que piensa cinco minutos seguidos en una mujer no es un hombre sino un marica. La Casilda no tiene corazón. La última noche que pasamos juntos me dijo que yo ya andaba para viejo.
          —Te decía la verdad.
          —La verdad es lo que duele. El que me está importando ahora es Rufino.
          —Andá con cuidado. Yo lo he visto actuar a Rufino en el atrio de Merlo. Es una luz.
          —¿Creés que le tengo miedo?
          —Ya sé que no le tenés miedo, pero pensalo bien. Una de dos: o lo matás y vas a la sombra, o él te mata y vas a la Chacarita.
          —Así será. ¿Vos, qué harías en mi lugar?
          —No sé, pero mi vida no es precisamente un ejemplo. Soy un muchacho que, para escurrirle el bulto a la cárcel, se ha hecho un matón de comité.
          —Yo no voy a hacerme el matón en ningún comité, voy a cobrar una deuda.
          —Entonces, ¿vas a jugar tu tranquilidad por un desconocido y por una mujer que ya no querés?
          No quiso escucharme y se fue. Al otro día nos llegó la noticia de que lo había provocado a Rufino en un comercio de Marón y que Rufino lo había muerto.
          Él fue a morir y lo mataron en buena ley, de hombre a hombre. Yo le había dado mi consejo de amigo, pero me sentía culpable.
          Días después del velorio fui al reñidero. Nunca me habían calentado las riñas, pero aquel domingo me dieron francamente asco. Qué les estará pasando a esos animales, pensé, que se destrozan porque sí.
          La noche de mi cuento, la noche del final de mi cuento, me había apalabrado con los muchachos para un baile en lo de la Parda. Tantos años y ahora me vengo a acordar del vestido floreado que llevaba mi compañera. La fiesta fue en el patio. No faltó algún borracho que alborotara, pero yo me encargué de que las cosas anduvieran como Dios manda. No habían dado las doce cuando los forasteros aparecieron. Uno, que le decían el Corralero y que lo mataron a traición esa misma noche, nos pagó a todos unas copas. Quiso la casualidad que los dos éramos de una misma estampa. Algo andaba tramando; se me acercó y entró a ponderarme. Dijo que era del Norte, donde le habían llegado mis mentas. Yo lo dejaba hablar a su modo, pero ya estaba maliciándolo. No le daba descanso a la ginebra, acaso para darse coraje, y al fin me convidó a pelear. Sucedió entonces lo que nadie quiere entender. En ese botarate provocador me vi como en un espejo y me dio vergüenza. No sentí miedo; acaso de haberlo sentido, salgo a pelear. Me quedé como si tal cosa. El otro, con la cara ya muy arrimada a la mía, gritó para que todos lo oyeran:
          —Lo que pasa es que no sos más que un cobarde.
          —Así será —le dije—. No tengo miedo de pasar por cobarde. Podés agregar, si te halaga, que me has llamado hijo de mala madre y que me he dejado escupir. Ahora, ¿estás más tranquilo?
          La Lujanera me sacó el cuchillo que yo sabía cargar en la sisa y me lo puso, como fula, en la mano. Para rematarla, me dijo:
          —Rosendo, creo que lo estás precisando.
          Lo solté y salí sin apuro. La gente me abrió cancha, asombrada. Qué podía importarme lo que pensaran.
          Para zafarme de esa vida, me corrí a la República Oriental, donde me puse de carrero. Desde mi vuelta me he afincado aquí. San Telmo ha sido siempre un barrio de orden.”

viernes, 13 de enero de 2017

El género policial argentino en la literatura y el cine

Introducción


La narrativa policial es un gran reservorio de historias y pronto la industria cinematográfica vio la posibilidad de tomar las historias trabajadas por la ficción escrita y transponerlas al lenguaje cinematográfico. La traslación de un lenguaje a otro implica la generación de nuevos sentidos con los que el lector puede ganar al confrontar las lecturas de las versiones literaria y cinematográfica.

                Por lo tanto, en este ciclo nos proponemos confrontar lecturas y establecer un diálogo abierto en el que los participantes obtengan el beneficio de compartir las versiones de la misma historia en dos lenguajes distintos, no con la intención de criticar una en desmedro de la otra sino para enriquecer la visión sobre los modos en que se expresan las artes.


Actividades de 19.00 a 20.30 hs.:
-          Viernes 13
-          Presentación de la propuesta del taller, indicación de las lecturas y de la dinámica de trabajo.
-          Proyección de El hombre de la esquina rosada (1962). 1 Hora y 6’
-          Lunes 16
-          Discusión sobre la versión cinematográfica en relación con los cuentos “Hombres pelearon” y  “El hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges.
-          Viernes 20
-          Proyección de Plata quemada (1997). 2 Horas 5’
-          Lunes 23
-          Discusión sobre la versión cinematográfica en relación con la novela Plata quemada de Ricardo Piglia.
-          Viernes 27
-          Proyección de Los crímenes de Oxford (2008). 1 Hora 45’
-          Lunes 30
-          Discusión sobre la versión cinematográfica en relación con la novela Crímenes imperceptibles de Guillermo Martínez.


Arancel: $ 350
Información:



Rafael Gutiérrez






Complejo de Bibliotecas de Salta
Belgrano y Sarmiento


Enero de 2017

sábado, 7 de enero de 2017

"El hombre de la esquina rosada" de Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges
(1899–1986)


Hombre de la esquina rosada
Historia universal de la infamia (1936)

A Enrique Amorim
         A mi, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus barrios porque el sabía tallar más bien por el Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y la Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero es noche que no se me olvidará, como que en ella vino la Lujanera porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo Juárez dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes, claro que les falta la debida esperiencia para reconocer ése nombre, pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más fuerte por Villa Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los hombres de don Nicolás Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata; los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también; nadie inoraba que estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la Villa le copiábamos hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos ilustró la verdadera condicion de Rosendo.
          Parece cuento, pero la historia de esa noche rarísima empezó por un placero insolente de ruedas coloradas, lleno hasta el tope de hombres, que iba a los barquinazos por esos callejones de barro duro, entre los hornos de ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele guitarriar y aturdir, y el del pescante que les tiraba un fustazo a los perros sueltos que se le atravesaban al moro, y un emponchado iba silencioso en el medio, y ése era el Corralero de tantas mentas, y el hombre iba a peliar y a matar. La noche era una bendición de tan fresca; dos de ellos iban sobre la capota volcada, como si la soledá juera un corso. Ese jue el primer sucedido de tantos que hubo, pero recién después lo supimos. Los muchachos estábamos dende tempraño en el salón de Julia, que era un galpón de chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que usté lo divisaba de lejos, por la luz que mandaba a la redonda el farol sinvergüenza, y por el barullo también. La Julia, aunque de humilde color, era de lo más conciente y formal, así que no faltaban músicantes, güen beberaje y compañeras resistentes pal baile. Pero la Lujanera, que era la mujer de Rosendo, las sobraba lejos a todas. Se murió, señor, y digo que hay años en que ni pienso en ella, pero había que verla en sus días, con esos ojos. Verla, no daba sueño.
          La caña, la milonga, el hembraje, una condescendiente mala palabra de boca de Rosendo, una palmada suya en el montón que yo trataba de sentir como una amistá: la cosa es que yo estaba lo más feliz. Me tocó una compañera muy seguidora, que iba como adivinándome la intención. El tango hacía su voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a encontrar. En esa diversion estaban los hombres, lo mismo que en un sueño, cuando de golpe me pareció crecida la música, y era que ya se entreveraba con ella la de los guitarreros del coche, cada vez más cercano. Después, la brisa que la trajo tiró por otro rumbo, y volví a atender a mi cuerpo y al de la companera y a las conversaciones del baile. Al rato largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba adentro. El hombre era parecido a la voz.
          Para nosotros no era todavía Francisco Real, pero sí un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de negro, y una chalina de un color como bayo, echada sobre el hombro. La cara recuerdo que era aindiada, esquinada.
          Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro atolondrado me le jui encima y le encajé la zurda en la facha, mientras con la derecha sacaba el cuchillo filoso que cargaba en la sisa del chaleco, junto al sobaco izquierdo. Poco iba a durarme la atropellada. El hombre, para afirmarse, estiró los brazos y me hizo a un lado, como despidiéndose de un estorbo. Me dejó agachado detrás, todavía con la mano abajo del saco, sobre el arma inservible. Siguió como si tal cosa, adelante. Siguió, siempre más alto que cualquiera de los que iba desapartando, siempre como sin ver. Los primeros —puro italianaje mirón— se abrieron como abanico, apurados. La cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba el Inglés esperándolo, y antes de sentir en el hombro la mano del forastero, se le durmió con un planazo que tenía listo. Jue ver ése planazo y jue venírsele ya todos al humo. El establecimiento tenía más de muchas varas de fondo, y lo arriaron como un cristo, casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a salivazos. Primero le tiraron trompadas, después, al ver que ni se atajaba los golpes, puras cachetadas a mano abierta o con el fleco inofensivo de las chalinas, como riéndose de él. También, como reservándolo pa Rosendo, que no se había movido para eso de la paré del fondo, en la que hacía espaldas, callado. Pitaba con apuro su cigarrillo, como si ya entendiera lo que vimos claro después. El Corralero fue empujado hasta él, firme y ensangrentado, con ése viento de chamuchina pifiadora detrás. Silbando, chicoteado, escupido, recién habló cuando se enfrentó con Rosendo. Entonces lo miró y se despejo la cara con el antebrazo y dijo estas cosas:
          —Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero , y de malo , y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista.
          Dijo esas cosas y no le quitó los ojos de encima. Ahora le relucía un cuchillón en la mano derecha, que en fija lo había traído en la manga. Alrededor se habían ido abriendo los que empujaron, y todos los mirábamos a los dos, en un gran silencio. Hasta la jeta del milato ciego que tocaba el violín, acataba ese rumbo.
          En eso, oigo que se desplazaban atrás, y me veo en el marco de la puerta seis o siete hombres, que serían la barra del Corralero. El más viejo, un hombre apaisanado, curtido, de bigote entrecano, se adelantó para quedarse como encandilado por tanto hembraje y tanta luz, y se descubrió con respeto. Los otros vigilaban, listos para dentrar a tallar si el juego no era limpio.
          ¿Qué le pasaba mientras tanto a Rosendo, que no lo sacaba pisotiando a ese balaquero? Seguía callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo escupió o si se le cayó de la cara. Al fin pudo acertar con unas palabras, pero tan despacio que a los de la otra punta del salón no nos alcanzo lo que dijo. Volvió Francisco Real a desafiarlo y él a negarse. Entonces, el más muchacho de los forasteros silbó. La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas, y se jue a su hombre y le metió la mano en el pecho y le sacó el cuchillo desenvainado y se lo dió con estas palabras:
          —Rosendo, creo que lo estarás precisando.
A la altura del techo había una especie de ventana alargada que miraba al arroyo. Con las dos manos recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si no lo reconociera. Se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a perderse ajuera, en el Maldonado. Yo sentí como un frio.
         —De asco no te carneo —dijo el otro, y alzó, para castigarlo, la mano. Entonces la Lujanera se le prendió y le echó los brazos al cuello y lo miró con esos ojos y le dijo con ira:
          —Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un hombre.
Francisco Real se quedó perplejo un espacio y luego la abrazó como para siempre y les gritó a los musicantes que le metieran tango y milonga y a los demás de la diversión, que bailaramos. La milonga corrió como un incendio de punta a punta. Real bailaba muy grave, pero sin ninguna luz, ya pudiéndola. Llegaron a la puerta y grito:
          —¡Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo dormida!
          Dijo, y salieron sien con sien, como en la marejada del tango, como si los perdiera el tango.
          Debí ponerme colorao de vergüenza. Dí unas vueltitas con alguna mujer y la planté de golpe. Inventé que era por el calor y por la apretura y jui orillando la paré hasta salir. Linda la noche, ¿para quien? A la vuelta del callejón estaba el placero, con el par de guitarras derechas en el asiento, como cristianos. Dentre a amargarme de que las descuidaran así, como si ni pa recoger changangos sirviéramos. Me dió coraje de sentir que no éramos naides. Un manotón a mi clavel de atrás de la oreja y lo tiré a un charquito y me quedé un espacio mirándolo, como para no pensar en más nada. Yo hubiera querido estar de una vez en el día siguiente, yo me quería salir de esa noche. En eso, me pegaron un codazo que jue casi un alivio. Era Rosendo, que se escurría solo del barrio.
         —Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo —me rezongó al pasar, no sé si para desahogarse, o ajeno. Agarró el lado más oscuro, el del Maldonado; no lo volví a ver más.
          Me quedé mirando esas cosas de toda la vida —cielo hasta decir basta, el arroyo que se emperraba solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón de tierra, los hornos— y pensé que yo era apenas otro yuyo de esas orillas, criado entre las flores de sapo y las osamentas. ¿Que iba a salir de esa basura sino nosotros, gritones pero blandos para el castigo, boca y atropellada no más? Sentí después que no, que el barrio cuanto más aporriao, más obligación de ser guapo.
          ¿Basura? La milonga déle loquiar, y déle bochinchar en las casas, y traía olor a madreselvas el viento. Linda al ñudo la noche. Había de estrellas como para marearse mirándolas, una encima de otras. Yo forcejiaba por sentir que a mí no me representaba nada el asunto, pero la cobardía de Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían dejar. Hasta de una mujer para esa noche se había podido aviar el hombre alto. Para esa y para muchas, pensé, y tal vez para todas, porque la Lujanera era cosa seria. Sabe Dios qué lado agarraron. Muy lejos no podían estar. A lo mejor ya se estaban empleando los dos, en cualesquier cuneta.
          Cuando alcancé a volver, seguía como si tal cosa el bailongo.
Haciéndome el chiquito, me entreveré en el montón, y vi que alguno de los nuestros había rajado y que los norteros tangueaban junto con los demás. Codazos y encontrones no había, pero si recelo y decencia. La música parecia dormilona, las mujeres que tangueaban con los del Norte, no decían esta boca es mía.
         Yo esperaba algo, pero no lo que sucedió.
         Ajuera oimos una mujer que lloraba y después la voz que ya conocíamos, pero serena, casi demasiado serena, como si ya no juera de alguien, diciéndole:
          —Entrá, m'hija —y luego otro llanto. Luego la voz como si empezara a desesperarse.
         —¡Abrí te digo, abrí gaucha arrastrada, abrí, perra! —se abrió en eso la puerta tembleque, y entró la Lujanera, sola. Entró mandada, como si viniera arreándola alguno.
         —La está mandando un ánima —dijo el Inglés.
         —Un muerto, amigo —dijo entonces el Corralero. El rostro era como de borracho. Entró, y en la cancha que le abrimos todos, como antes, dió unos pasos marcados —alto, sin ver— y se fue al suelo de una vez, como poste. Uno de los que vinieron con él, lo acostó de espaldas y le acomodó el ponchito de almohada. Esos ausilios lo ensuciaron de sangre. Vimos entonces que traiba una herida juerte en el pecho; la sangre le encharcaba y ennegrecia un lengue punzó que antes no le oservé, porque lo tapó la chalina. Para la primera cura, una de las mujeres trujo caña y unos trapos quemados. El hombre no estaba para esplicar. La Lujanera lo miraba como perdida, con los brazos colgando. Todos estaban preguntándose con la cara y ella consiguió hablar. Dijo que luego de salir con el Corralero, se jueron a un campito, y que en eso cae un desconocido y lo llama como desesperado a pelear y le infiere esa puñalada y que ella jura que no sabe quién es y que no es Rosendo. ¿Ouién le iba a creer?
          El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el pulso al que lo arregló. El hombre, sin embargo, era duro. Cuando golpeó, la Julia había estao cebando unos mates y el mate dió Ia vuelta redonda y volvío a mi mano, antes que falleciera. “Tápenme la cara”, dijo despacio, cuando no pudo más. Sólo le quedaba el orgullo y no iba a consentir que le curiosearan los visajes de la agonía. Alguien le puso encima el chambergo negro, que era de copa altísima. Se murió abajo del chambergo, sin queja. Cuando el pecho acostado dejó de subir y bajar, se animaron a descubrirlo. Tenía ese aire fatigado de los difuntos; era de los hombres de más coraje que hubo en aquel entonces, dende la Batería hasta el Sur; en cuanto lo supe muerto y sin habla, le perdí el odio.
         —Para morir no se precisa más que estar vivo —dijo una del montón, y otra, pensativa también:
          —Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas.
         Entonces los norteros jueron diciéndose un cosa despacio y dos a un tiempo la repitieron juerte después.
         —Lo mató la mujer.
         Uno le grito en la cara si era ella, y todos la cercaron. Ya me olvidé que tenía que prudenciar y me les atravesé como luz. De atolondrado, casi pelo el fiyingo. Sentí que muchos me miraban, para no decir todos. Dije como con sorna:
          —Fijensén en las manos de esa mujer. ¿Que pulso ni que corazón va a tener para clavar una puñalada?
         Añadí, medio desganado de guapo:
          —¿Quién iba a soñar que el finao, que asegún dicen, era malo en su barrio, juera a concluir de una manera tan bruta y en un lugar tan enteramente muerto como éste, ande no pasa nada, cuando no cae alguno de ajuera para distrairnos y queda para la escupida después?
         El cuero no le pidió biaba a ninguno.
         En eso iba creciendo en la soledá un ruido de jinetes. Era la policía. Quien más, quien menos, todos tendrían su razón para no buscar ese trato, porque determinaron que lo mejor era traspasar el muerto al arroyo. Recordarán ustedes aquella ventana alargada por la que pasó en un brillo el puñal. Por ahí paso después el hombre de negro. Lo levantaron entre muchos y de cuantos centavos y cuanta zoncera tenía lo aligeraron esas manos y alguno le hachó un dedo para refalarle el anillo. Aprovechadores, señor, que así se le animaban a un pobre dijunto indefenso, después que lo arregló otro más hombre. Un envión y el agua torrentosa y sufrida se lo llevó. Para que no sobrenadara, no se si le arrancaron las vísceras, porque preferí no mirar. El de bigote gris no me quitaba los ojos. La Lujanera aprovechó el apuro para salir.
          Cuando echaron su vistazo los de la ley, el baile estaba medio animado. El ciego del violín le sabía sacar unas habaneras de las que ya no se oyen. Ajuera estaba queriendo clariar. Unos postes de ñandubay sobre una lomada estaban como sueltos, porque los alambrados finitos no se dejaban divisar tan temprano.
          Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a unas tres cuadras. Ardía en la ventana una lucecita, que se apagó en seguida. De juro que me apure a llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre.

"Hombres pelearon" de Jorge Luis Borges

Hombres pelearon
Esta es la relación de cómo se enfrentaron coraje en menesteres de cuchillo el Norte y el Sur. Hablo de cuando el arrabal, rosado de tapias, era también relampagueado de acero; de cuando las provocativas milongas levantaban en la punta el nombre de un barrio; de cuando las patrias chicas eran fervor. Hablo del noventa y seis o noventa y siete y el tiempo es caminata dura de desandar.
Nadie dijo arrabal en esos antaños. La zona circular de pobreza que no era el centro, era las orillas: palabra de orientación más despreciativa que topográfica. De las orillas, pues, y aun de las orillas del Sur fue El Chileno: peleador famoso de los Corrales, señor de la insolencia y del corte, guapo que detrás de una zafaduría para todos entraba en los bodegones y en los batu- [127] ques; gloria de matarifes en fin. Le noticiaron que en Palermo había un hombre, uno que le decían El Mentao, y decidió buscarlo y pelearlo. Malevos de la Doce de Fierro fueron con él.
Salió de la otra punta de una noche húmeda. Atravesó la vía en Centro América y entró en un país de calles sin luz. Agarró la vereda; vio luna infame que atorraba en un hueco, vio casas de decente dormir. Fue por cuadras de cuadras. Ladridos tirantes se le abalanzaron para detenerlo desde unas quintas. Dobló hacia el norte. Silbidos ralos y sin cara rondaron los tapiales negros; siguió. Pisó ladrillo y barro, orilló la Penitenciaría de muros tristes. Cien hamacados pasos más y arribó a una esquina embanderada de taitas y con su mucha luz de almacén, como si empezara a incendiarse por una punta. Era la de Cabello y Coronel Díaz: una parecita, el fracaso criollo de un sauce, el viento que mandaba en el callejón.
Entró duro al boliche. Encaró la barra nortera sin insolencia: a ellos no iba destinada su hazaña. Iba para Pedro el Mentao, tipo fuerte, en cuyo pecho se enanchaba la hombría y que orejeaba, entonces, los tres apretados naipes del truco.
Con humildad de forastero y mucho señor, El Chileno le preguntó por uno medio flojo y flojo del todo que la tallaba ¡vaya usté a saber con quiénes! de guapo y que le decían El Mentao. El otro se paró y le dijo en seguida: Si quiere, lo vamos a buscar a la calle. Salieron con soberbia, sabiendo que eran cosa de ver.
El duro malevaje los vio pelear. (Había una
 [128] cortesía peligrosa entre los palermeros y los del Sur, un silencio en el que acechaban injurias.)
Las estrellas iban por derroteros eternos y una luna pobre y rendida tironeaba del cielo. Abajo, los cuchillos buscaron sendas de muerte. Un salto y la cara del Chileno fue disparatada por un hachazo y otro le empujó la muerte en el pecho. Sobre la tierra con blandura de cielo del callejón, se fue desangrando.
Murió sin lástimas. No sirve sino pa juntar moscas, dijo uno que, al final, lo palpó. Murió de pura patria; las guitarras varonas del bajo se alborozaron.
Así fue el entrevero de un cuchillo del Norte y otro del Sur. Dios sabrá su justificación: cuando el Juicio retumbe en las trompetas, oiremos de él.

jueves, 17 de diciembre de 2015

El campito de Juan Diego Incardona

Historia y mito en El campito de Juan Diego Incardona

Rafael Gutiérrez

Introducción
            La novela El campito de Juan Diego Incardona es una producción de la novelística argentina más reciente y se podría adscribir a la novela fantástica o de ciencia ficción, pues el mundo construido mantiene componentes de nuestro mundo de referencia, pero hay otros que resultan de la desmesura o de la intersección con tiempos hipotéticos. En una tradición cara al género, esa construcción textual es deliberada para focalizar aspectos del mundo de referencia que se pretende destacar con una finalidad crítica.
            En nuestra lectura nos proponemos relevar cuáles son los aspectos del mundo que el texto destaca críticamente y cuáles son las estrategias desplegadas para hacerlo, con la finalidad de establecer sus vínculos con una genealogía escritural en la literatura universal y en la argentina en particular, en la que se entraman la historia acontecida y su devenir en mito.

            La literatura que fundó la mitología
Jorge Luis Borges hizo un esfuerzo por dotar a Buenos Aires de una mitología para que sus producciones culturales pudieran ingresar a la llamada “cultura universal” o sea a la cultura entendida desde los parámetros europeos. Sus primeros libros testimonian ese esfuerzo, en especial Cuaderno San Martín (1929), donde está el título que explicita esa intención “Fundación mítica de Buenos Aires”, que en su primera versión se llamaba “Fundación mitológica de Buenos Aires”; los ensayos Evaristo Carriego (1930) -en el que un poeta menor le sirve de pretexto para construir una historia de  Buenos Aires y del tango- y Discusión (1932) en el que programáticamente aborda la poesía gauchesca junto a clásicos de la “literatura universal” y en el centro hace una declaración de principios sobre la relación del escritor argentino con la tradición de occidente.
            Coetáneo de Borges es Leopoldo Marechal, quien compartió la misma preocupación por la configuración de una tradición mítica e hizo su aporte desde su literatura aunque se lo recuerde en especial por su novela Adán Buenosayres (1948), verdadero corolario de su trabajo programático.
            En ambos escritores lo que se evidencia es el trabajo de integración entre una formación letrada que se remonta a los clásicos grecolatinos y continúa por el canon europeo, junto con un conocimiento de la historia legada por los libros, pero fundamentalmente aquella de carácter oral, que circula por las calles de los arrabales y los caminos que desembocaba en la pampa, que ambos vates fatigaron.
            El arrabal tanguero en disolución y los compadritos en vías de extinción, por el avance de la modernización de Buenos Aires, fueron extraídos del tiempo lineal e instalados en el tiempo mítico por obra de estos escritores.
            A lo largo del siglo XX se produjeron nuevos acontecimientos cuya credibilidad pueden desafiar a la imaginación ya que su desmesura los coloca en un incierto borde entre lo verosímil y lo fantástico. La escritura que dio cuenta de esa dimensión pasó a formar parte del universo imaginario o mítico que dota de sentido a Buenos Aires o, más bien, al mundo rioplatense.
            Uno de esos hechos fue el peronismo y sus protagonistas que alcanzaron rápidamente dimensión mítica. El grado de simbolización de Perón y, más todavía, de Evita se volvió un núcleo de generación de ficciones.

            Un nuevo fabulador
A principios del siglo XXI, un joven escritor retomó la tarea legada por los poetas buscadores de esencias nacionales, se trata de Juan Diego Incardona (Buenos Aires 1971) narrador que generó un mundo fantástico a partir de los mitos construidos en el siglo XX, en su libro de cuentos Villa Celina (2008) y en la novela El campito (2009).
Nos detendremos en la novela que se construye con una estrategia cara a los orígenes de la literatura moderna: hay un relato porque hay alguien que quiere contar para un auditorio que queda cautivo, seducido por la palabra. Como en los Cuentos de Canterbury (Geoffrey Chaucer 1475) o en el Decameron (Giovanni Boccaccio 1351), el hastío de los jóvenes genera el momento propicio para compartir relatos. En la novela de Incardona esa es la ocasión precisa en la que se hace presente el trotamundos, el hombre sin domicilio, acompañado por un animal de la mitología contemporánea “el hombre gato”[1].
            En una forma cara a la tradición literaria, la novela de Incardona está construida como un relato que enmarca una serie de anécdotas de un viajero que recorre lugares fantásticos.
Juan Diego, el narrador, relata la historia que le refiere Carlitos, ciruja andante y especie de trovador que va contando sus fantásticas aventuras en una Matanza que se parece al escenario de un alto fantástico como El Señor de los Anillos, pero en clave subdesarrollada, entre basurales, mutantes producto de la contaminación del Riachuelo y barrios secretos creados por orden de Eva Perón. (Soifer, 2009)

Tal como Odiseo, Telémaco, Lemuel Gulliver en Los viajes de Gulliver (1726) o el Marco Polo creado por Ítalo Calvino en Las ciudades invisibles (1972) hay una aventura de relatar y otra vivida, pero a diferencia de esos relatos de viajes fantásticos, el mundo fabuloso de Incardona está situado en un espacio cercano, en los barrios del conurbano bonaerense que se conectan a través de “el campito”, suerte de espacio de transición en el que habita el ciruja narrador y su compañero “el hombre gato”.
            Tal como en la edad media, cuando el público se entretenía con los relatos del viajero que daba cuenta del mundo que se extendía más allá de su horizonte, poblado de aventuras. En esas andanzas el narrador también se incluía como ayudante de los locales contra seres fabulosos en paisajes de encantamiento; en El campito el mundo fabuloso existe en un “más allá” cercano, en el conurbano bonaerense. Ese espacio fue incorporado a la mitología porteña desde que Borges partió a buscar el Sur ancestral, poblado de malevos y compadritos y fue abonado por Marechal, cuando Adán Buenosayres y sus amigos salieron a rastrear al neocriollo.
            Para que haya mito fue necesario que en algún momento aconteciera un hecho extraordinario que se refiriera en relatos orales hasta cristalizarse en un momento atemporal y en un espacio ignoto para que quedara fuera del registro de la historia.
Leticia y el Morocho, por su parte, también exageraban lo que ellos mismos habían escuchado la primera noche (…) y así la historia se fue adornando y ya no estaba seguro de qué era original y qué era agregado (…) a nadie se le ocurrió poner en tela de juicio ninguna de las versiones, que, más que contradecirse, parecían complementarse. (68)
            En la novela de Incardona una historia fácilmente reconocible es la del primer peronismo que pronto saltó del tiempo lineal al tiempo mítico. Así, los barrios creados por el gobierno y la Fundación Eva Perón, trazados con diseños destinados a perpetuar la imagen de sus creadores, fueron retomados por el escritor para montar espacios fabulosos.
…barrios construidos como Ciudad Evita (…) La mayoría está en La Matanza, aunque nadie sabe exactamente cuántos hay ni donde está cada uno… (65)
            Enunciado en el que fácilmente se reconoce en la primera parte la referencia al hecho histórico y en la segunda, después del nexo adversativo aunque, su disolución en las imprecisas referencias de una comunidad designada por el pronombre indefinido nadie.
            De hecho el barrio Ciudad Evita, creado en 1947 a pesar de los cambios de nombres impuestos por los gobiernos de turno, existe aún en la actualidad y se puede confirmar el diseño original destinado a perpetuar la memoria de la “madre espiritual de los argentinos”.
            De acuerdo con el modelo con el que fue realizada la urbanización-monumento, la novela refiere otra similar, el “Barrio Mercante”, hecho en homenaje al Coronel Mercante, conocido en la actualidad como Barrio Obrero. El verosímil sería realista, salvo que adquiere ribetes fantásticos por su entorno de jardines con flores recubiertas de cobre y que está poblado totalmente por enanos industriosos, valientes y fanáticos.
Estos son los campos galvanoplásticos. Parece que adentro son flores naturales, pero están revestidas de metal… (40)
Este entorno fantástico es remisión clara a las aspiraciones científicas de Roberto Arlt, a quien nunca se nombra, pero se reconoce por su autodefinición de inventor autodidacta y su filiación política:
Todo lo aprendí por mi cuenta, como autodidacta, leyendo libros, y con la práctica… (87)
…En otra época, anduve con un grupo de anarquistas, pero dejamos de vernos. Algunos se murieron, otros se fugaron. (89)

            De modo similar a como trabajó Jonhatan Swift en su novela Los viajes de Gulliver, el viajero de Juan Diego Incardona deambula de un barrio a otro, relacionándose con los locales que representan alguna de las creaciones del peronismo, convertidos en personajes de ficción. Entre ellos podemos mencionar a “las censistas”, verdaderas amazonas que viven en un barrio sin hombres; “El Purgatorio”, habitado por fantasmas entre los que podemos reconocer claramente a “Hugo del Carril”, denominado como “Carlitos”[2] o el “cantor de la marcha”. Luego, en los preliminares de la “batalla del Mercado Central”, el vagabundo y sus compañeros son tomados prisioneros por los boxeadores del Barrio “José María Gatica y Pascual Pérez” y en las columnas de combatientes se incorporan médicos del Barrio Ramón Carrillo. En medio de la batalla se sumarán las tropas del Teniente Coronel Oscar Lorenzo[3], representante de las fuerzas armadas fieles a Perón, y unos jóvenes milicianos, representantes de Montoneros que mueren heroicamente.
            El enfrentamiento que adquiere rasgos maravillosos por la confrontación entre oponentes anacrónicos -pues en el siglo XXI libran una batalla oponentes de los últimos cincuenta años- incorpora un componente fantástico con el “esperpento”, monstruo hecho por pedazos de cadáveres –a la manera de Frankeintein- y con las manos de Perón, invulnerable a las armas de la resistencia peronista. En la batalla es el cantor el único que logra dominarlo con su música.

            Las ficciones de la utopía peronista
            El peronismo fue definido por su creador, Juan Domingo Perón, como un movimiento político, sin embargo después de más de casi setenta años de vigencia –a pesar de las interrupciones institucionales- podemos afirmar que es un movimiento cultural que ha generado una multiplicidad de expresiones. Entre ellas podemos hablar de sus utopías, entre las que destacaré La Guerra de los Antartes, la novela gráfica inconclusa de Héctor Germán Oesterheld, y El Sueñero, la de Enrique Breccia
            La historia del errante confluye hacia un clímax dado por una batalla entre el pueblo peronista que se ha conservado en su tiempo mítico en los ignotos barrios del conurbano. De modo similar a El sueñero de Enrique Breccia (1998), la novela tiene un momento culminante en el enfrentamiento entre la resistencia peronista y las tropas de la oligarquía. Es ahí donde convergen todos los personajes que conoce Carlos Moreno en su deambular por los barrios que lo van adoptando y dónde él pasa de ser un observador a ser un protagonista que participa de la lucha, aunque guiado más por el amor a una mujer que por la convicción en una causa.
            Entre el auditorio cautivo que va creciendo progresivamente se encuentra el adolescente Juan Diego, que prefiera huir de sus tareas escolares para escuchar los relatos fabulosos del viajero, cuya palabra es lo único que exhibe como prueba de sus andanzas que son confirmadas en silencio por su compañero escapado de la zoología fantástica, el gato descomunal que todos reconocen como el “hombre gato”, especie resultante de una metamorfosis similar a la que afecta al “aperrao”[4] de la mitología popular de raíz folclórica.
            En el momento en el que el vagabundo refiere sus historias fantásticas no hay ningún hecho portentoso -como los que relata- el gato no manifiesta ningún comportamiento especial, lo único anómalo es su inusual tamaño, pero fuera de eso nada afecta al verosímil realista. De manera que es sólo el relato enmarcado el que adquiere ribetes fantásticos ya que nadie más que Carlos Moreno ha sido testigo de los barrios fabulosos, de sus habitantes ni de la batalla que llegó desde el conurbano hasta los límites de la ciudad de Buenos Aires.
            La aclamación popular del auditorio, la reafirmación de la batalla fabulosa por los recuerdos de ruidos y luces de explosiones en el horizonte y la incorporación de joven Juan Diego a los viajes de Carlos Moreno hacen de la novela una promesa de renovación de los mitos en los que busca afianzarse el peronismo como parte insalvable de la cultura argentina.

            Conclusión
            La novela de Juna Diego Incardona abona su relato en los mitos que fue tejiendo Buenos Aires a lo largo del siglo pasado y los reúne en una heroica batalla que no termina de resolverse. En una tradición cara a la literatura, la construcción de un mundo fantástico no es para generar evasión sino para volver la atención sobre el propio mundo.
Al centrar la batalla en un momento contemporáneo que recupera los protagonistas de distintos momentos desde la fundación del peronismo, la novela muestra un claro interés político.
Es la fábula fantástica la que convoca los mitos del peronismo y los sitúa en un espacio que rodea a Buenos Aires como un modo de resaltar que el peronismo se encuentra resguardado en ese entorno, resistiendo y listo para volver a cobrar protagonismo.



Bibliografía
Borges, Jorge Luis, (2011, Obras completas III, , Buenos Aires, Sudamericana
Caraballo, María Laura, “El campito de Juan Diego Incardona” en http://www.no-retornable.com.ar/v4/nuevo/caraballo_2.html
Corvalán, Kekena, “El Campito” en http://www.leedor.com/contenidos/literatura/el-campito Publicado en Leedor el 29-10-2011
Fernández, Nancy, “Literatura argentina y peronismo. Sobre El Campito, de Juan Diego Incardona”  http://vanguardiaytradicion.blogspot.com.ar/2009/12/el-campito-de-juan-diego-incardona-nota.html
Incardona, Juan Diego (2013), El campito, Buenos Aires, Interzona
Soifer, Alejandro, “Las patas en la fuente. El Campito Juan Diego Incardona” en http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-5579-2009-09-21.html




[1] “El hombre gato” fue un delincuente que atacaba en la zona de La Plata y el Gran Buenos Aires entre 1984 y 1985, ni la policía ni los vecinos organizados pudieron atraparlo y pronto fue llevado a la música popular por Ricky Maravilla en 1986.
[2] El nombre puede deberse a que el cantante y actor protagonizó la versión cinematográfica más famosa de la biografía de Carlos Gardel.
[3] Teniente Coronel del Ejército Argentino. Peronista. Fusilado en La Plata, provincia de Buenos Aires, luego del frustrado intento del 9 de junio de 1956 (comandado por el General Juan José Valle), por recuperar la soberanía popular arrebatada por el sangriento golpe militar de Rojas y Aramburu, protagonizado un año antes.
[4] En la tradición folclórica hay diversas razones por las que un hombre puede convertirse en lobo, pero en el caso argentino, por falta de lobos en la fauna local, el mito tiene su variante en la metamorfosis del hombre en un perro de grandes dimensiones, de allí que sea referido como el “aperrao”. Su versión más popular es la de “Mendieta”, el perro parlante que acompaña a Don Inodoro Pereyra.