miércoles, 2 de diciembre de 2015

Al escritor perseguido

A los escritores perseguidos en su día
Lic. Rafael Gutiérrez
Cátedra de Literatura Argentina
U.N.Sa. 13 de junio de 2014.-

                El Día del Escritor fue instituido en la fecha del natalicio del poeta, narrador y ensayista Leopoldo Lugones, el homenaje se debe a que fue el primer Presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, un primer intento de institucionalizar la tarea de los escritores que estaba en pleno proceso de profesionalización.
Considero que la celebración del Día del Escritor debe ser un momento oportuno para la conmemoración de todos aquellos que ejercieron el arte y el oficio en nuestro país a lo largo de su convulsionada historia. Por ello me propuso más que hablar sobre Leopoldo Lugones, a quien se homenajea particularmente este día, a reflexionar sobre la imagen de los escritores perseguidos.
La historia de la literatura argentina, en cualquiera de las fundaciones que decida asumir el investigador, comienza con alguna prohibición. Pareciera que el oficio de las letras es siempre conflictivo para los poderosos de turno.
                La expansión ultramarina del naciente Imperio Español fue coincidente con el cisma de la Iglesia, situación a la que la corona española respondió con una adhesión a la Contrarreforma para fortalecerla, Esa decisión implicó la persecución a los disidentes o sea a los llamados herejes cismáticos y, por supuesto, a los musulmanes y a los judíos. Por otra parte se impuso una severa censura sobre lo que los súbditos podían o no leer y para las provincias de ultramar se prohibió la circulación de novelas.
                Como siempre, a pesar de la severidad de las leyes y de los controles, las novelas llegaron a América  –junto a otros libros perversos- y echaron sus frutos a lo largo del dilatado territorio, lo que podemos leer en las protonovelas hispanoamericanas, las fabulosas crónicas de aquellos improvisados escritores. Otro fruto tardío se dio en el siglo XIX con una sucesión de revoluciones que emanciparon las colonias de ultramar del dominio hispánico.
                Por otra parte, si tomamos las letras del romanticismo como fundación, es inevitable hacer un listado de los escritores que aportaron a la cultura nacional pero desde el exilio. Al Supremo Juan Manuel de Rosas no le cayeron en gracia las opiniones políticas de muchachos como Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi o ese cuyano alborotador, Domingo Faustino Sarmiento o de ese fraile mal hablado Fray Francisco de Paula Castañeda. Por lo menos algunos de esos nombres ahora son infaltables cuando hablamos de literatura argentina, pero por aquellos años previos a la sanción de nuestra primera Constitución Nacional, sus escritos estaban prohibidos en suelo de la Santa Confederación. Como dije antes, prohibidos no quiere decir no leídos, se las ingeniaban para hacer circular su opinión aún en contra de la terrible represión de la “mashorca”.
                Entre los exiliados políticos una jovencita que huyó con su familia hacia Bolivia, inauguró la novela argentina con La quena, relato inaugural del género, escrito por Juana Manuela Gorriti que, después del exilio argentino tuvo otro en Bolivia que la llevó al Perú, sin sus hijas. Recién anciana pudo volver a recorrer su provincia y ver las ruinas de la que fuera su casa y, peor aún, ver a los otrora enemigos acérrimos haciendo negocios sobre la ruina de los que partieron al exilio.
                Sin embargo esa es una historia muy conocida que ha dejado a los escritores románticos con un aura de heroísmo, con efectos pragmáticos, ya que a Sarmiento le ayudó a llegar a la Presidencia de la Nación. Pero a diferencia de la imagen que nos legó el Facundo, Rosas no era Atila y tuvo su séquito de intelectuales que incluyó a redactores y escritores quienes tuvieron que continuar su vida después de la caída del Gaucho de los Cerrillos. Juan Manuel de Rosas partió el exilio para convertirse en un nostálgico Farmer en Inglaterra –según la versión que nos legó Andrés Rivera- y sus adherentes del tintero y la imprenta cayeron en el descrédito y si bien no se impuso sobre ellos una prohibición sí hubo un oscuro silencio. Algunos abjuraron públicamente de su viejo patrón y se adecuaron a los nuevos tiempos para sobrevivir humildemente.
                Recién decía que hubo un escritor perseguido que llegó a detentar la máxima autoridad del país, Domingo Faustino Sarmiento, que una vez allí mostró que el poder embriaga y ensoberbece a tal punto que terminó por asumir las actitudes que condenó cuando él sólo era un escritor. Uno de sus rivales políticos era el Diputado José Hernández que, desde la oposición o sea el Partido Federal, cuestionaba la política oficial que diezmaba a los gauchos. El Presidente de la República se molestó a tal punto que puso precio a la cabeza del disidente –unos diez mil pesos fuertes-  y eso lo llevó a cruzar el río de los exiliados. Desde el Uruguay es que Martín Fierro cobró forma y le respondió a su rival con una seguidilla de versos quizá más infaltables en la literatura argentina que El Facundo.
                Así como no se puede soslayar en el siglo XIX el gobierno de Juan Manuel de Rosas, tampoco se puede entender el siglo XX argentino sin la figura de Juan Domingo Perón. El ascenso del carismático Coronel dentro del gobierno de facto en la década del cuarenta lo llevó pronto al gobierno constitucional antes de terminar la década. El Presidente asumió una política personalista y con escasa tolerancia a la disidencia por lo que muchos autores, intelectuales y artistas fueron censurados y se sumieron en el silencio o partieron al exilio.
                De esos dos primeros gobiernos de la primera mitad del siglo XX nos ha quedado clara la imagen de ese escritor aristocrático y controvertido por sus opiniones políticas que detestaba a Perón porque “… había encarcelado a Madre y a mi hermana”. El poeta fue ascendido por el gobierno al cargo de “Inspector de aves de corral en el Mercado Municipal”, puesto que prefirió declinar, lo que lo convertía en un desempleado. Recordemos que la aristocracia de Borges se remontaba a ancestros que le legaron un pasado glorioso pero nada de bienes materiales, era un joven intelectual que si no trabajaba no tenía de qué vivir. Pero sus vinculaciones con Victoria Ocampo, la gran mecenas de la cultura argentina, lo impulsaron a dedicarse de lleno a la literatura.
                En el año 1955 cayó el segundo gobierno de Juan Domingo Perón y Borges junto a sus amigos celebraron el triunfo de la “Revolución Libertadora”, que lo premió con el cargo de Director de la Biblioteca Nacional, hecho que textualizó en el terrible “Poema de los Dones”. Pero de modo análogo a Rosas, “el tirano depuesto” también tuvo sus escritores que –caído el jefe- fueron sumidos en el silencio. El caso más emblemático es el de Leopoldo Marechal, cuyas novelas y obras teatrales son infaltables cuando hablamos de las letras argentinas. Creo que la Argentina sería un poco más incomprensible sin Adán Buenosayres.
                Los aliados en la “Revolución Libertadora” pronto mostraron sus desavenencias y sus extremos, entre los conciliadores y los revanchistas, avivando nuevos enfrentamientos, entre los que surgieron nuevos escritores dispuestos a poner su palabra para denunciar hechos que no debían pasar desapercibidos para los habitantes de la Argentina.
                Rodolfo Walsh es una figura emblemática de esa generación de escritores con fe en la palabra como medio para transformar la realidad, con un ejercicio tan serio y responsable del oficio de periodista que llevó a la investigación periodística a la creación de una nueva categoría en las letras: el género testimonial. La investigación bajo nombres falsos hasta llegar a testigos supuestamente muertos y la publicación desde imprentas clandestinas son la clara imagen del arriesgado empeño por dar testimonio a un país al que se trata de sumir en la ignorancia.
                La historia de este periodista escritor es por todos conocida y su desaparición durante el gobierno del “Proceso de Reorganización Nacional”  se ha vuelto un emblema del compromiso con la verdad al precio de la vida.
                Julio Cortázar que se había ido del país por no poder convivir con el ruido que metían los cabecitas negras, desde Europa tuvo otra visión de Latinoamérica y su escritura dio cuenta del cambio y su  residencia europea se volvió un exilio cuando no pudo retornar a su país porque los gobiernos militares condenaron sus libros. Con la vuelta a la democracia, el autor de Rayuela regresó a la Argentina, pero el temeroso gobierno radical prefirió ignorar la presencia del consagrado escritor que volvió a París para morir en el exilio.
                Para quienes apreciamos la historieta al punto de apropiarnos de la denominación de Oscar Masotta y llamarla “literatura dibujada”, no podemos dejar de referirnos a Héctor Germán Oesterheld, el prolífico guionista que nos legara una imagen del argentino que por salvar a su familia y sus amigos no se rinde ni aún ante la invasión de los extraterrestres. Consecuente con su héroe de ficción,  Juan Salvo, el guionista militó con el peronismo revolucionario y fue detenido ilegalmente junto a sus hijas. Prolongó sus días haciendo guiones para sus captores hasta que desapareció definitivamente.
                Quizá la década del setenta, signada por el decadente gobernó de Isabel Martínez de Perón y el “Proceso de Reorganización Nacional”, sea la época que dejó una huella más honda en la historia reciente por la violencia desatada sobre quienes pensaban y opinaban distinto.
                Por esa época es que el novelista y cineasta Manuel Puig fue amenazado por la temible Triple A y se fue al exilio desde donde siguió con una prolífica actividad creativa hasta su muerte en Cuernavaca en 1990.
                La dramaturga y novelista Griselda Gambaro fue prohibida por Jorge Rafael Videla y por ello partió al exilio a España hasta 1983, cuando regresó y se instaló en Buenos Aires desde donde continúa con una prolífica producción.
                El escritor riojano Daniel Moyano también partió al exilio hacia España, después de que una patrulla militar lo detuviera una mañana del 25 de marzo de 1976 en la puerta de su casa, en la calle Corrientes 675 de La Rioja. Sólo regresó por unos días en 1984 para hacer un documental de la televisión española.  Murió lejos de su barrio y sus amigos, en 1992.
El jujeño Héctor Tizón por su declarada militancia radical, a pesar de encontrarse tan lejos de los centros de poder, tuvo que partir al exilio en España entre 1976 y 1982, con el fin del Proceso regresó a Yala, donde permaneció hasta su muerte en el año 2012.
Nuestro primer Rector, el poeta Holver Martínez Borelli, Presidente fundador de la S.A.D.E. filial Salta, quien convocara a los artistas del medio para dotar de un vínculo visible con la cultura provincial a la naciente universidad y así es que nuestro escudo es obra de Osvaldo Juane y Manuel J. Castilla. Fue detenido y torturado en Salta por la Policía Federal, luego huyó de la Provincia hasta que en 1976 partió al exilio hacia Francia y en 1978, después de dar una conferencia en Bruselas, murió de un infarto sin poder volver a su patria.
Teresa Leonardi, profesora de filosofía de nuestra universidad, de declarada militancia por los derechos humanos fue separada de su cargo por el gobierno de facto y permaneció en un exilio interior. El retorno a la democracia le permitió recuperar su lugar en la universidad hasta su retiro, desde donde sigue ejerciendo el oficio de la poesía, militante, comprometida y rica de un profundo lirismo.
                Por la década del setenta floreció la novelística policial de José Pablo Feinmann que debió llamarse al silencio en sus proyectos de publicar ensayos sobre pensamiento argentino y latinoamericano. El género policial le permitió continuar opinando sobre la violencia de Estado solapadamente, bajo el artilugio de la narración policial. Dar cuenta de la época en que participó de un intento de transformación de la universidad y de la persecución política tuvo que esperar hasta la década del noventa con su esquizofrénica y autobiográfica novela La astucia de la razón (1990).
                Ahora estamos en el siglo XXI y creemos que la democracia está vigente con la posibilidad de expresarnos libremente y disentir con la opinión de los poderosos de siempre o de turno, sin embargo, cada tanto se hace notar que  hay ciertas voces que son molestas y es mejor acallarlas. Así Jesús Ramón Vera, el único discípulo de Manuel J. Castilla fue sumido en la postergación, discriminado por alcohólico, hasta que se recluyó en su Rosario natal haciendo del arte su modo de vida.
                El escritor contemporáneo Víctor Fernández Esteban ha escrito tres novelas en las que ficcionaliza Salta y la denuncia en toda su hipocresía con nombres y acciones fácilmente reconocibles en la bruma de un mundo surreal. Si bien el escritor vive de destacados cargos públicos, su lectura es restringida, a tal punto que recientemente sus novelas fueron retiradas de un colegio céntrico con la excusa de que las imágenes eróticas subidas de tonos dañaban la sensibilidad de los jóvenes lectores. En realidad temían que los niños se enteraran de cómo funciona Salta.
                Hoy es un día en el que se hacen recitales y se brinda en nombre de los escritores y se recuerda la creación de la Sociedad Argentina de Escritores y a su primer Presidente, el canonizado Leopoldo Lugones que comenzó su vida adhiriendo al socialismo y terminó sus días ponderando el golpe de Estado liderado por nuestro comprovinciano José Félix Uriburu. Sin embargo hay un gesto que dentro de todas sus contradicciones lo enaltece: cuando el golpe triunfó, le ofrecieron la Dirección de la Biblioteca, pero declinó el honor porque no le parecía oportuno aprovecharse de una simpatía política para asumir un cargo tan importante.
                 No quiero agriarles la celebración a los escritores pero me parece que entre cada recital y cada brindis es importante recordar a todos los que padecieron por su destino de letras papeles.


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